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jueves, 2 de diciembre de 2010

Chomsky en bufón de Chávez - Octavio Alberola


Chomsky en bufón de Chávez - Octavio Alberola

25 OCTUBRE 2009

Contrariamente a lo que muchos piensan, la capacidad de creer en falacias y aceptar ciegamente una ficción, por ficticia y grotesca que ésta sea, no es atributo de tontos e ignorantes. El famoso ensayista Noam Chomsky nos acaba de mostrar que también intelectuales cultivados, inteligentes y perspicaces pueden volverse crédulos y aceptar conductas y actuaciones políticas a todas luces demagógicas, falaces y autoritarias. Creerlo o por lo menos simularlo.
Claro que no es nada nuevo ver a un intelectual de alto rango caer en tal contradicción. Ya con la Unión Soviética y la China maoísta tuvimos el irracional fenómeno de los “compañeros de viaje”… Esos intelectuales que creyeron -muchos de ellos de buena fe- en la instauración del “socialismo” y la construcción del “hombre nuevo” en esos países hasta que los hechos les obligaron a darse cuenta de lo que realmente eran esos regímenes. No obstante, aunque en muchos casos tales extravíos no estén motivados por la búsqueda de algún tipo de recompensa y parezcan sinceros, puras fatalidades antropológicas, es lógico preguntarse el porqué y el cómo de tales conductas. Y aunque lo más fácil sea pensar que es simplemente por el efecto de creencia, del que ningún ser humano -inclusive el más racional- puede permanentemente evitarlo, en el caso de Chomsky no es posible olvidar que él combatió ese efecto de creencia en el pasado.
Por eso es obligado preguntarse: ¿cómo un hombre, aparentemente capaz de razonar, de analizar críticamente lo que sucede en el mundo, puede viajar hoy a Venezuela para loar el “socialismo del siglo XXI” sin apercibirse de la mentalidad castrense de su inventor, el comandante Chávez, ni del populismo grotesco de su llamada “revolución bolivariana“?
¿Cómo puede cometer Chomsky el mismo error que cometieron, en el pasado siglo, famosos intelectuales de la época, unos loando a Stalin y otros, años más tarde, loando a Mao y su “Pequeño libro rojo“? Ellos por haber creído que en Rusia y en China se estaba construyendo el “verdadero comunismo”, y él por creer ahora que en Venezuela se está creando “un nuevo mundo, un mundo diferente”.
¿Cómo ha podido olvidar que después todos esos intelectuales se vieron obligados a hacer un mea culpa por la ceguera ideológica que les había impedido ver lo que había detrás del discurso revolucionario estalinista y maoísta? Ese totalitarismo, responsable de la muerte de millones de gentes por hambre o por persecución, que inspiró a Castro para imponer desde hace cincuenta años en Cuba una dictadura de la que Chávez es un devoto admirador.
Pero lo sorprendente en el Chomsky de estos últimos años no es sólo esta aparente amnesia histórica sino que haya sido sensible a los elogios de ese castrense histriónico -”te doy la más calurosa bienvenida (…) ya era hora de que nos visitaras y que el pueblo venezolano te viera y oyera directamente”- y le haya agradecido sus “amables y generosas palabras”. Además de la bufonada de decirle lo “emocionante” que le resultaba “ver en Venezuela como se está construyendo ese otro mundo posible y ver a uno de los hombres que ha inspirado esta situación”.
Lo más sorprendente de esta conversión a la fe mesiánica, parecida a conversiones célebres a la fe católica (las de Baudelaire, Peguy, Claudel, etc.), es que el milagro llega tras producirse el derrumbe del “socialismo real” de inspiración soviética y la instauración del capitalismo en China por el Partido Comunista que Mao dejó en el poder. Pues, a diferencia de aquellos jóvenes intelectuales “idealistas”, que loaron a Stalin o a Mao antes de producirse estos importantes y significativos acontecimientos históricos, Chomsky los ha podido observar en vida y por eso es más incomprensible el hecho de que ahora parezca haberlos olvidado. Sobre todo que los fracasos del mesianismo revolucionario confirmaron de manera indiscutible sus profecías.
Es verdad que desde hace ya un buen momento estamos asistiendo a la instrumentalización de Chomsky en muchas direcciones. Y ello pese a que su posición ética, sus referencias ideológicas y su actuación política están en las antípodas de lo que defienden y adoran muchos de estos que hoy pretenden tenerlo de guía. Y esto es fácil verlo simplemente leyendo sus libros. Salvo que el Chomsky de hoy no sea el mismo que escribió: “Estamos en un período de corporativización del poder, consolidación del poder, centralización. Se supone que eso es bueno si eres un progresista, como un marxista-leninista. De los mismos antecedentes proceden tres cosas importantes, fascismo, bolchevismo y tiranía corporativa. Todas surgen más o menos de las mismas raíces hegelianas.” (Class Warfare, p.23). Y no digamos lo que escribió más tarde a propósito del país salido del golpe de Estado bolchevique de octubre de 1997, que, para Chomsky, era responsable de la eliminación de las estructuras socialistas emergentes en Rusia: “Son los mismos brutos comunistas, los brutos estalinianos de hace dos años, que dirigen ahora los bancos” y que son “los gestores entusiastas de la economía de mercado“. Y de ahí su pesimismo: “Los que intentan asociarse a organizaciones populares y ayudar a la población a organizarse por ella misma, los que apoyan a los movimientos populares de esta manera, simplemente no podrán sobrevivir en tales circunstancias de poder concentrado” (Comprendre le pouvoir, p.7-11).
¿Cómo es posible, pues, que él cometa hoy la misma equivocación cometida entonces por los “compañeros de viaje” pro-chinos -que habían conocido la ceguera comparable (y reconocida) de la generación que les había precedido, la de los viejos estalinistas pasados tardíamente a la autocrítica- pese a que él fue un testigo crítico de tal ceguera? ¡Lo grave, en el caso de Chomsky, es que de nada le han servido esas experiencias a pesar de haberlas conocido y denunciado!
Con Chomsky tenemos, pues, que interrogarnos también sobre el “misterio” de esa extraña cohabitación de la inteligencia más aguda y la credulidad más obtusa en un mismo espíritu humano. Y tanto más que, en aquellos tiempos, él fue uno de los que más contundentemente criticaron la ceguera en que habían caído muchos de sus colegas intelectuales que constituían con él lo más granado de la inteligencia occidental: los Sartre y otros grandes filósofos, historiadores, sociólogos, periodistas o universitarios de primer plano.
“Misterio” hay, puesto que raros fueron los intelectuales que después no tuvieron que confesar haberse equivocado y reconocer que Chomsky había tenido razón al poner en evidencia la ceguera que les había inducido a cometer ese gravísimo error de apreciación en el pasado. ¿Cómo ha podido Chomsky olvidar esto? Es verdad que tampoco la ceguera de los antiguos estalinistas -mil veces confesada y analizada en artículos, entrevistas y libros- sirvió de lección a los jóvenes maoístas occidentales, puesto que a una distancia de 20 años de intervalo reprodujeron el mismo tipo de extravío. Y con el mismo orgullo y fatuidad de sus predecesores. Pero lo primero en éstos fue la adhesión ciega a lo que se presentaba como revolución emancipadora. En Chomsky sucede lo contrario: primero fue la denuncia, el análisis objetivo, racional, rigurosamente crítico, y después la ceguera…
Cierto es que el antiimperialismo USA de Chomsky le llevó ya a una relativa discreción a propósito del autoritarismo creciente de los sandinistas durante su ejercicio del poder en los años 80 en Nicaragua y de la dictadura castrista desde hace varias décadas. Y ello pese a que entre las víctimas de esta última se encuentran personas con muchos puntos en común con los militantes antiimperialistas pro cubanos del resto de América Latina.
¿Será pues este obstinado antiimperialismo, el hecho de que para él lo principal es denunciar las injusticias que prevalecen en los EE UU así como las injusticias generadas por este país a la escala del planeta, lo que le lleva a posicionarse de manera tan desconcertante con lo que pasa en el continente americano?
Efectivamente, aunque Chomsky se sigue considerando “anarquista-libertario”, está claro que para él las consideraciones ideológicas deben pasar a un segundo plano y que se debe establecer una especie de graduación entre las injusticias según el grado de peligrosidad planetaria de los blancos contra los que se dirige la crítica. El problema es que este relativismo político permite a muchos marxistas-leninistas, populistas y políticos, cuya única preocupación es la conquista del poder, su ejercicio y su conservación, a ampararse sólo de los argumentos antiimperialistas de Chomsky en lugar de preocuparse por la ayuda a aportar a la población para organizarse por ella misma. Y es un verdadero problema porque Chomsky no hace ni dice nada para disuadirles de hacerlo. Al contrario, manteniéndose con tanta perseverancia en esta inmoral discreción y dejándose fotografiar al lado de los Castro y los Chávez se hace -aunque sus elogios sean discretos y de conveniencia- cómplice de las bufonadas y de las derivas autoritarias, dictatoriales, de estos nuevos oligarcas.
Desgraciadamente, esta obstinación en mantener tan maniquea discreción (por considerar menos peligroso el acceso al poder de estos populistas que los destrozos que causa el imperialismo yanqui en el mundo) no es sólo ineficaz para impedir tales destrozos (estos populistas siguen haciendo negocios con las multinacionales del imperio) sino que contribuye a desmovilizar a los pueblos y a hacer aún más difícil la tarea de los que sí luchan consecuentemente contra la dominación planetaria del Capital y el Estado.
Es posible que, dada su edad, Chomsky no pueda reconocerlo: pero es imposible pensar que no sea consciente de la distancia que le separa de todos aquellos que recogen sus argumentos contra el imperialismo yanqui y que, en cambio, se muestran muy reticentes, por interés o comodidad, a denunciar las formas de dominación impuestas por esos populistas pretendidamente revolucionarios.

Octavio Alberola (Cuba Libertaria)

Puntualizaciones sobre Chomsky, los Castro, Chávez…, por Octavio Alberola


Mi artículo “Chomsky en bufón de Chávez”, publicado primero en el Boletín Cuba Libertaria y reproducido luego en inglés, francés, italiano y alemán en diferentes web, no ha sido del agrado de cuantos siguen viendo en los Castro, Chávez, etc., los adalides del socialismo y del antiimperialismo de hoy en día. Y ello pese a las evidencias cada vez más obvias de lo que realmente son el “socialismo” y el “antiimperialismo” de esos histriónicos caudillos populistas.
Por supuesto que era de esperar estas reacciones; pues no hay mayor ceguera que la producida por la adhesión a hombres providenciales. La historia está llena de casos paradigmáticos de cegueras colectivas de este tipo: el de los Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Perón y Evita, por no remontar muy lejos. Cegueras colectivas que sólo la historia y el cambio generacional disiparon. No seré pues yo quien intente devolver la visión a quienes no quieren ver. El tiempo, la historia les obligará a ello, aunque… tampoco se puede afirmar de manera categórica ; pues es suficiente con ver a los admiradores del “socialismo real” que aún quedan por ahí. Y ello pese al derrumbe del muro de Berlín, al “capital-comunismo” chino, etc.
Lo que no me esperaba, lo sorprendente, ha sido una cierta crítica… Una “crítica” que no cuestiona el fondo de mi reacción, ante la bufonada de Chomsky, sino la forma… Pues, en cuanto al fondo, esta “crítica” reconoce que esos líderes, “los Castro, Chávez, Lula y Morales”, constituyen “una mezcolanza seudo izquierdista”, además de ser “sedicentes antiimperialistas”. Una “crítica” sorprendente…No sólo por este reconocimiento y por desear “una sociedad sin explotación social” y “sin tutela de ninguna minoría encima de las masas y sin el control de éstas”, sino porque hace suya la visión socialdemócrata de la “necesidad de los trabajadores de ampliar la superficie de la jaula en que estamos”. Ampliar en vez de destruirla. Y ello justificado porque Chomsky dijo en noviembre de 1996, a los estudiantes de Historia de la Universidad de Sào Paulo, que “la disminución del Estado mengua el espacio en que se puede ejercer la influencia pública” y que esto “no es un objetivo anarquista”. Un Chomsky presentado como un encomiable “compañero de viaje” del anarquismo, aunque también se nos insiste en no olvidar que “Chomsky no está afiliado a un grupo anarquista, si bien está cerca de los IWWW de los EE.UU.”
Es pues esta sorprendente profesión de fe socialdemócrata, la que se nos aconseja asumir desde curiosos planteamientos “anarquistas”, la misma que me incita a hacer unas puntualizaciones sobre Chomsky, los Castros, Chávez, etc. No sólo por lo cuestionable de la justificación chomskyana del Estado sino también por lo que esa “crítica” pretende justificar realmente con ella : el silencio frente a conductas que están contribuyendo hoy, como las similares de ayer, a castrar las aspiraciones revolucionarias de las masas explotadas y a desacreditar la idea misma de socialismo como proyecto social emancipador. Conductas que aplican a la letra eso de “ampliar la superficie de la jaula” y de hacer del Estado el eje de la vida pública, con el resultado que ellas dieron en el pasado y que están dando en el presente, y que cada uno juzgará en función de su conciencia social y política.
En consecuencia, y por parecerme obvio, mis puntualizaciones se centrarán en la responsabilidad del hacerse cómplice de este silencio. Por supuesto, la responsabilidad de Chomsky por no denunciar hoy estas conductas, las mismas que ayer denunció en contextos inclusive más revolucionarios, y también nuestra propia responsabilidad, en tanto que anarquistas, si por miedo a “herir a los trabajadores, sobre todo latinoamericanos, que mantienen cierta confianza en direcciones y líderes que nos parecen ni fiables ni serios”, nos callamos y no decimos lo que pensamos sobre ese populismo pretendidamente revolucionario. Lo que piensan y dicen ya, con valentía y honestidad que les honra, numerosos marxistas no dogmáticos en el mundo entero y en la propia Cuba y Venezuela.
La caución chomskyana al populismo seudo revolucionario
El hecho de ser Chomsky uno de los intelectuales estadounidenses más críticos de la democracia, pretendidamente existente en los EE. UU., y de la política imperialista de los gobiernos norteamericanos, no le exonera de ser igualmente crítico con la ausencia de democracia en regímenes tanto o más autoritarios que el yanqui. Además, el antiimperialismo de Chomsky no puede ser un antiimperialismo de conveniencia, debe serlo de convicción. Como lo era en el pasado, cuando fustigaba, por las mismas consideraciones políticas y éticas, tanto al norteamericano como al soviético. Una equidistancia honesta, moral y consecuente con sus ideas de justicia y libertad para todos. De ahí que fuese escuchado y se convirtiese en referencia ética y política para cuantos rechazaban esas dos caras de lo inaceptable : la explotación y la dominación.
Entonces, su crítica no era maniquea. Lo que reprochaba a un campo no lo justificaba en el otro. No había parcialidad ni retórica de circunstancias sino exigencia de verdadera coherencia entre medios y fines. Tanto en un lado como en el otro. No era pues cuestión de su moral y la nuestra, como lo pretendían los que denunciaban y condenaban la pena de muerte en los USA y la justificaban en la URSS o al revés. Chomsky no era entonces ni de éstos ni de aquéllos. Al contrario, denunciaba a los que practicaban esta doble moral, y éste es el Chomsky que debería seguir siendo si no ha renegado de lo que fue en el pasado. El Chomsky que, a la pregunta del por qué había dicho que Lenin y Trotzky fueron los peores enemigos del socialismo en el siglo XX, peores que Hitler, Mussolini, Chang-Kai-Chec, Truman o Churchill, respondió : “Contrariamente a los que usted menciona, Lenin y Trotzky fueron enemigos del socialismo por varias razones. Primero destruyeron sistemáticamente Rusia, desmontando y prohibiendo las organizaciones socialistas y demás organizaciones populares, que aparecieron durante el periodo de entusiasmo revolucionario, antes de que Lenin y Trotzky se amparasen del poder. Segundo, lo hicieron en nombre del “socialismo” y así sabotearon el socialismo, no solo en Rusia sino también en el mundo entero. La tiranía antisocialista instituida por Lenin y Trotzky fue transformada mas tarde en una monstruosidad absoluta por Stalin”.
¿Serán hoy los Castro, Chávez, etc., más consecuentes con el ideal socialista que lo fueron entonces los Lenin, Trotzky, etc. ? ¿Son las “organizaciones socialistas y demás organizaciones populares” las que deciden en sus países o son los Castro, Chávez, etc., los que lo hacen ?
La responsabilidad de Chomsky es por esta inconsecuencia, por este silencio ; pues qué sentido tiene decir, tras dejarse fotografiar con el caudillo Chávez y agradecerle su socialismo del siglo XXI, que en el país hay “enorme corrupción, elementos de caudillismo- la tradicional plaga latinoamericana”, al final de una visita de 48 horas a Venezuela. Y no digamos de su visita a Cuba, dejándose fotografiar con Castro, otro caudillo, poco tiempo después de que éste hubiese hecho fusilar a unos jóvenes negros simplemente porque habían querido escapar de la “jaula”, que era y sigue siendo Cuba, sin haber matado ni herido a nadie. Sí, ciertamente, el número de fusilados en Cuba está muy lejos del de los fusilados en Rusia por los chekistas… Pero, al menos para mí, matar a esos jóvenes negros es tan odioso e inaceptable como lo fueron los miles de asesinatos chekistas. Además de responder a la misma lógica del terror. Y eso es algo que Chomsky no debería haber olvidado, ni siquiera a los cerca de 80 años que debía tener entonces.
Además, no ha dicho Chomsky : “El anarquismo, por lo menos como le comprendo, es la tendencia del pensamiento y de la acción humana que busca identificar las estructuras de autoridad y de dominación, a llamarlas para que se justifiquen desde el momento en que se demuestra que son incapaces de hacerlo y trabajar para rebasarlas. Formas de opresión que antes eran apenas reconocidas y aun menos combatidas no son hoy en día consideradas como tolerables. Es un éxito y no un revés del anarquismo.”
La caución del silencio
Por las mismas razones por las que Chomsky se creyó obligado a repetir lo que había dicho de Lenin y Trotzky, y con el mismo derecho que él se otorgó para decir lo que pensaba sobre las conductas de esos dos personajes durante la revolución rusa, yo seguiré denunciado a los Castro, Chávez, etc., de ser también enterradores de las aspiraciones emancipadoras de sus pueblos. Pues no sólo es lo que pienso sino lo que piensan y no paran de repetir los militantes asociativos y sindicalistas revolucionarios que defienden la autonomía de las organizaciones socialistas y demás organizaciones populares en esos países. No sólo por el incumplimiento de las promesas hechas al pueblo y la represión judicial contra los sindicalistas obreros y campesinos que exigen tal cumplimiento sino por la criminalización de la lucha social, como lo hacían y lo siguen haciendo los regímenes burgueses.
El hilo conductor y el objetivo de esta forma de gobernar, supuestamente “progresista”, son los mismos que en el pasado, cuando los gobiernos aplastaban las rebeliones populares con represión militar. Sólo que ahora la estrategia de dominación promueve el control de la insubordinación por los propios ciudadanos y ciudadanas convertidos en brazo ejecutor de las políticas de contención estatales. De ahí la implementación de las Misiones (Venezuela), los programas Socio-país (Ecuador), la Red Solidaria (El Salvador) o Familias en Acción (Colombia), como el Bono Juancito Pinto (Bolivia), o la Bolsa Familia (Brasil), o el programa Tekopora (Paraguay), o el bono Mi familia Progresa (Guatemala), o también el programa Oportunidades (México), entre otros, como estrategias de intervención y control social. Además, claro está, de los “Comités de Defensa de la Revolución”, los famosos CDR cubanos.
Y todo ello para que las transnacionales puedan continuar sin problemas laborales mayores la explotación de los recursos naturales de estos países dentro del mismo modelo desarrollista de la globalización capitalista neoliberal. Y eso pese, o gracias, a los encendidos discursos antiimperialistas y antioligárquicos de los Castro, Chávez, etc.
Lo asombroso es el silencio de ciertos intelectuales de izquierda ante estas actuaciones que consolidan y ratifican el liberalismo político y económico, que, como en el pasado, sólo beneficia a la burocracia y a los sectores de la burguesía cercanos a los que gobiernan. De esa izquierda que antes era crítica, radical, iconoclasta con los discursos del poder, y que ahora, por apoyar, suscribir y adscribirse a los proyectos políticos de los denominados gobiernos progresistas, ha arriado la bandera de la crítica social e intenta justificar lo injustificable : la demagogia y la corrupción. Una connivencia que va más lejos que el simple silencio, pues, en su afán de impedir el debate, la crítica y la discusión en el seno de la izquierda en el continente y en el mundo, recurren a lo de siempre : la calumnia, la descalificación y el insulto.
Así, mientras se guarda silencio, un silencio que es complicidad, el continente entero está girando hacia lo que ya algunos socialistas auténticos llaman el “posneoliberalismo”, aunque también se le podría llamar la forma “democrática” del “socialismo” chino. Y es así como una transición, que efectuada por gobiernos abiertamente neoliberales habría sido traumática, se produce sin mayores tensiones gracias a estos gobiernos -que también podemos llamarles ya “posneoliberales”. Gobiernos que, además de acentuar los procesos extractivistas, productivistas, de privatización territorial y criminalización social a favor de las transnacionales y las burguesías de la región, están poniendo a tono el continente con las exigencias económicas y las injusticias laborales de la globalización capitalista. A lo que se debe agregar la pérdida de credibilidad ética de las izquierdas latinoamericanas por lo comprometidas que están en la corrupción, las estafas, los latronicios y el clientelismo.
Ante tal situación, y con la misma voluntad que Chomsky demostró en su momento para hacer frente a los que, para callarle, le acusaban de contribuir, con sus críticas del falso “socialismo real”, al reforzamiento del discurso contrarrevolucionario del campo pro yanqui e inclusive insinuaban de que él estaba a sueldo de la CIA de ese tiempo, yo seguiré impertérrito denunciando (y apoyando a cuantos denuncian) estas nefastas derivas del ideal emancipador. Derivas propuestas e implementadas por Caudillos y movimientos populistas, demagógicos, falsamente e histriónicamente revolucionarios. No sólo porque es falso que al hacer esta crítica se dé armas a los enemigos de la revolución, la verdadera, la del pueblo y no la de los burócratas, sino porque esta crítica es necesaria, fundamental, para que el pueblo laborioso pueda recuperar su autonomía y vuelva a luchar por una transformación social que ponga fin a la explotación y dominación que soporta desde hace tantos siglos.
No obtendrán pues mi silencio. Y menos aún con calumnias, amenazas o críticas autosuficientes. No sólo porque lo considero un deber -como Chomsky entonces- sino también porque a esas calumnias y amenazas puedo oponer mi historial, mi biografía, en el terreno de la lucha contra el imperialismo y todas las formas del Poder, y a esas críticas autosuficientes los hechos históricos.
Además, ¿por qué me callaría, si son muchos los marxistas críticos que, como yo, se indignan y se manifiestan contra la “cínica retórica de la resignación”, coincidiendo con los anarquistas en que “el socialismo no puede concederse desde arriba” y que, para resolver los problemas de su construcción, “la libertad más amplia, la más amplia parte de la población es necesaria" ? ¿Por qué lo haría, si esta coincidencia, entre anarquistas y marxistas críticos, en actualizar la necesidad de recuperar la autonomía para los movimientos sociales y en rechazar los planteamientos dogmáticos y doctrinarios en el combate contra el capitalismo y el Estado es un hecho esperanzador ? No por convencimiento y fidelidad ideológica sino por conclusión lógica de lo que nos enseña la historia y la vida de cada día.
Efectivamente, como lo reconocen estos marxistas críticos “a lo largo de todo el siglo XX, mucha agua ha corrido bajo los puentes de las revoluciones”… Como también es verdad que “a lo largo de las experiencias sociales y de las investigaciones antropológicas, los enfoques teóricos del Estado se han enriquecido y profundizado”, desmitificando el fetichismo del poder al evidenciar “la genealogía de las relaciones de poderes”. Además de que “las retóricas liberales del Estado mínimo o del repliegue del Estado no hacen sino resaltar con más relieve el núcleo duro de sus funciones represivas y su papel eminente en la puesta en pie de los dispositivos del biopoder”. De ahí que, “si el tejido de las relaciones de poder hay que deshacerlo, y si se trata de un proceso a largo plazo, la maquinaria del poder del Estado hay que romperla”.
Y si a esto le agregamos la denuncia de “las ilusiones parlamentarias”, del “cretinismo parlamentario”, y de todas las ortodoxias revolucionarias, ¡cómo no confiar en el encuentro de todos los heterodoxos de las ideologías, supuestamente manumisoras, en el combate contra el Capital y el Estado !


Autor: Octavio Alberola

Publicado en: Boletín Cuba Libertaria Nº 14, París, enero de 2010.

martes, 12 de enero de 2010

Kafka y el anarquismo (recopilación)

Cuando se hace referencia a la vida y obra de Franz Kafka, la crítica literaria al uso suele omitir su relación con los círculos anarquistas juveniles de Praga ¿mala memoria u omisión interesada?
 
Varios autores | Indymedia
 
www.kaosenlared.net/noticia/kafka-anarquismo-recopilacion
 
[Cuando se hace referencia a la vida y obra de Franz Kafka, la crítica literaria al uso suele omitir su relación con los círculos anarquistas juveniles de Praga ¿mala memoria u omisión interesada? El caso es que la denuncia de la burocratización estatal, los abusos de poder y la deshumanización del individuo moderno, tan típicamente ácratas, son parte esencial de obras como El Proceso, El castillo o La metamorfosis. A continuación, he recopilado una serie de artículos que corroboran que lo libertario tiene un evidente peso en la obra kafkiana.]

KAFKA Y EL ANARQUISMO
por Mijal Levi Subir

El problema de la dimensión política en los escritos de Kafka como una cuestión metafísica y psicológica separada, ha sido descuidado por sus biógrafos y críticos. La mayoría de ellos recuerda sus relaciones con los círculos anarquistas de Praga, sin atribuirle significado alguno. Por otra parte, numerosos comentaristas reconocen que uno de los temas fundamentales de la obra de Kafka es la lucha del hombre contra la máquina burocrática en sus múltiples aspectos.

Hurgando en el contenido de sus principales obras y a la luz de su biografía, que es testimonio de su simpatía hacia las agrupaciones anarquistas, se puede encontrar una relación que arroja nueva luz sobre su mundo espiritual. Por supuesto que esta relación "política" es fragmentaria: el mundo de Kafka es mucho más rico, más complejo y más polifacético como para que se lo pueda trasmitir en una fórmula condensada, aislada.

El testimonio biográfico

De la época en que Kafka comienza a trabajar en la Caja de Seguros para Obreros datan sus contactos con los círculos anarquistas o para-anarquistas de Praga.

Según las referencias de Mijal Kasha, uno de los fundadores del movimiento anarquista en Praga, y de Mijal Mares, en aquel entonces un jovencito anarquista, Kafka participó en las reuniones anarquistas del "Mlodite Club", de la organización antimilitarista y anticlerical de la asociación obrera "Viles Kerber"; participó también en el movimiento anarcosindicalista checo. Ambos testigos concuerdan en que Kafka mostraba gran interés por lo que se discutía en las reuniones, pero nunca pidió la palabra ni participó de los debates. Kasha, que lo estimaba muchísimo, solía llamarlo "Klidos", que significa algo así como "el gigante pacífico".

Mijal Mares cuenta que, invitado por él, Kafka asistió a reuniones y conferencias anarquistas. La primera de ellas fue una manifestación de protesta por la sentencia de muerte al pensador y educador anarquista español Francisco Ferrer. Kafka participó en la reunión que fue disuelta por la policía.

En el año 1912 Kafka participó también en la manifestación que se realizó como protesta contra la imposición de la pena de muerte al anarquista Liabedz en París. La demostración fue violentamente disuelta por la policía. Entre los detenidos en aquella oportunidad se encontraba también Kafka.

Mares cuenta que Kafka leía con interés y simpatía los escritos de los diversos teóricos y expositores anarquista s como Domela Niewenhuis, los hermanos Reclus, Vera, Finger, Bakunin, Jean Grave, Kropotkin, por ejemplo.

Existen otros dos testimonios de las inclinaciones antiautoritarias de Kafka y de su simpatía por los trabajadores oprimidos. En su conocida creación "Carta al padre" (1919) califica la actitud de su progenitor en el comercio como tiránica y lo acusa con las siguientes palabras:

"A tus empleados los llamabas 'enemigos pagados'; y lo eran, pero aún antes de que lo fuesen tú me parecías ser su enemigo que paga. (…) Es verdad que exageraba, ya que sin más suponía que causabas a esa gente una impresión tan terrible como a mí. (...) Pero a mí se me hacía insoportable el negocio, me recordaba demasiado mi relación contigo. (…) Por eso, necesariamente tenía que pertenecer yo al partido del personal".

Aquí encontramos un nexo entre la rebeldía frente al dominio paterno y la rebeldía anarquista ante la fuerza económico-política imperante.

Es bien conocido el profundo odio que Kafka sentía hacia su trabajo en la compañía de seguros, a la que tildaba de "nido de oscuros burócratas". No podía soportar el sufrimiento de los obreros perjudicados y de sus desgraciadas viudas, que eran introducidas en el laberinto jurídico-burocrático de la Caja de Seguros Obreros. La frecuentemente citada frase, mencionada por Max Brod, es una aguda y sugerente expresión de su manera de pensar: "Qué mansa es la gente; llegan a nosotros con sus súplicas, en lugar de tomar la oficina por asalto y destruirla, nos vienen a pedir misericordia". El espíritu anarquista de esta frase -bajo la cual Bakunin agradecido estamparía su firma- es lo suficientemente claro como para recordarnos la posición de Kafka frente a las instituciones democráticas.

Max Brod dice que la estructura realista de muchos capítulos de "El Proceso" y "El Castillo" tienen su origen en la oficina de seguros. Está fuera de toda duda que este trabajo burocrático y la rebeldía de Kafka constituyen una de las fuentes del espíritu libertario que traslucen sus escritos.

¿Constituye la tendencia anarquista en la vida de Kafka una pasajera expresión juvenil limitada a los años 1909-1912? Es cierto que después de 1912 Kafka dejó de participar en sus actividades con los anarquistas checos y comenzó a demostrar un interés mayor por los círculos judíos y sionistas. Pero debemos recordar sus charlas con G. Janusz, allá por el año 1920, no sólo porque llama a los anarquistas checos "queridas y alegres personas (...) tan cariñosas y fraternales que casi a la fuerza creemos en sus palabras", sino porque las opiniones sociales y políticas que desarrolla están muy cerca del anarquismo. Así, comenta con Janusz la no admisión de los poetas en la República de Platón: "Los poetas proveen al hombre de nuevos ojos y de esta manera intentan introducir una modificación en el mundo real. Por esoson elementos peligrosos para el Estado, porque reclaman transformaciones. Pero el Estado y sus fieles servidores tienen una sola y excluyente voluntad: permanecer''. Hay que interpretar que Kafka se considera él mismo como uno de esos poetas que hace peligrar la permanencia del Estado.

Kafka define al capitalismo como un "sistema dependiente de relaciones en que todo tiene jerarquía, todo está encadenado". Este es un pensamiento típicamente anarquista en el que se subraya el carácter opresor y esclavista del régimen vigente.

Su actitud escéptica frente al movimiento obrero es también una consecuencia de la desconfianza que los anarquistas han demostrado frente a los partidos políticos y sus instituciones.

En una oportunidad se encontró frente a una manifestación obrera que portaba banderas y pancartas; su comentario a Janusz fue el siguiente: "Esta gente está tan segura de sí misma, tan convencida de su justicia. Dominan la calle y piensan que son los poderosos del mundo. Pero están equivocados: detrás de ellos están preparados los secretarios, los funcionarios, los políticos profesionales, todos estos modernos sultanes a quienes ellos preparan el camino del poder. (…) La rebeldía se evapora y sólo queda el barro de la nueva burocracia. La soga de la torturada humanidad está trenzada con los papeles de la burocracia."

Sería extraño e incomprensible que las ideas políticas de Kafka no tuvieran influencia sobre sus escritos porque sustancialmente el estrato anarquista es uno de los signos centrales de sus grandes creaciones, cuentos, relatos y alegorías.

De sus tres novelas más conocidas, "América" es la que está menos influida por sus ideas libertarias. Sólo dos pasajes son una excepción en este sentido, pasajes en los que se expresa la analogía entre el autoritario grupo de oficiales de la marina, funcionarios y representantes estatales, y el obrero que se queja por alguna injusticia. Kafka mismo describe este estado como "los sufrimientos de un pobre hombre que es oprimido por los poderosos". La misma circunstancia aflora en su "Lámparas nuevas", un hecho que sirve siempre como desmostración de las inquietudes sociales de Kafka. En este relato hace un paralelo entre el abatido delegado de los obreros mineros, que viene a quejarse de las lámparas que no funcionan y el "gentleman" de la administración que se burla de su justa demanda. La profunda oposición entre el astuto sector superior y la clase baja de la galería es la característica fundamental en este relato. Otro hecho del mismo género encontramos en sus "Diarios". El administrador de una compañía de seguros (similar a la conocida por Kafka) echa, humillándolo, a un pobre obrero enfermo y desocupado que va en busca de empleo. Toda la alharaca de las elecciones norteamericanas son calificadas por Karl Rossman como una gran parodia, a la luz de la desconfianza anarquista en el sisterna electoral.

En su segunda novela, "El Proceso", surge el problema de la burocracia autoritaria como uno de los temas fundamentales de la obra. Es cierto que en "El Proceso" está subrayada la parte burocrático-jurídica del aparato estatal, antes que la político-militar, que los anarquistas más combaten. Este hecho puede ser fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que Kafka mismo fue un burócrata de la justicia, trabajo que le producía náuseas.

Josep K., la candorosa víctima de "El Proceso" es detenido una mañana y nadie puede explicarle la causa de su arresto. Es juzgado en un tribunal en el que no se le permite apelar a los jueces de suprema instancia; que no reconoce la defensa, aunque la tolera en parte; sus decisiones resultan incomprensibles; los jueces no se dejan conocer, pronunciándose al final por un fallo que ordena: "muera como un perro''.

La posición de Kafka frente a las leyes de Estado surge claramente en su relato "El problema de nuestras leyes". Aquí describe un pueblo dominado por un pequeño grupo de aristócratas que guardan en secreto las leyes cuya misma existencia está puesta en duda. La observación cuasi-anarquista de Kafka es: "Si surgiera un partido que diera por tierra no sólo con cada creencia y cada ley sino también con la aristocracia, entonces todo el pueblo lo apoyaría".

La falta de leyes es suplantada en "El Proceso" por la presencia de una poderosa organización jurídica que Joseph K. critica con indignación: "Una organización que no sólo se vale de corruptos funcionarios, inspectores imbéciles y jueces inquisidores -que en el mejor de los casos son moderados- sino que incluso el jefe máximo de la jerarquía jurídica se sirve de toda una caterva de servidores, funcionarios, policías y demás ayudantes. Tampoco me abstendré de decirle a esta poderosa organización ¡verdugos! qué significa, señores míos, que personas que son jurídicamente inocentes son detenidas haciéndoselas objeto de investigaciones absurdas".

"El Proceso" describe la máquina legal desde el punto de vista de las víctimas, los hombres humildes y sumisos: una jerarquía burocrática, absurda y de dura cerviz que no sabe de misericordias.

El Castillo

En "El Castillo" Kafka se ocupa directamente del problema del Estado, la burocracia. El país que describe es una veraz versión de la cruda realidad, que conoció y vivió en el Imperio austro-húngaro.

"El Castillo" opone la fuerza, el poder y el Estado al pueblo, que tiene su símbolo en la aldea. Este castillo es pintado y representado como algo extraño, hostil, que no permite su comprensión; constituye una especie de lejana y caprichosa fuerza que gobierna al pueblo por medio de una tortuosa jerarquía de burócratas de comportamiento absurdo, incomprensible, cursi.

En el capítulo V, Kafka nos describe una parodia tragicómica del mundo burocrático; la turbación "oficial" que el autor define como ridícula alarma. La absurda lógica interior de esta idea se descubre en toda su desnudez en las siguientes palabras del alcalde: "¿Que si hay oficinas de control? Hay solamente oficinas de control. Cierto que no están destinadas a descubrir fallos en el sentido bruto de esta palabra, puesto que tales fallos no se producen, y aun cuando alguna vez se produce un fallo, como en el caso suyo, ¿qiuén podría decir definitivamente que es un fallo?" El alcalde de la ciudad nos recuerda que todo el aparato burocrático está constituido tan sólo por oficinas que se controlan unas a otras… pero en seguida agrega que en la práctica no hay nada que necesite de un control. Por lo tanto, errores serios no se encuentran. Cada oración niega la anterior, y en resumen se demuestra la estupidez oficial.

En el ínterin algo crece, se extiende e inunda; papeles, papeles de oficina (como se expresa Kafka) con los que está trenzada la soga de la torturada humahidad. Un mar de papeles colma la oficina de Sordini.

Pero la culminación de la alienación burocrática se traduce en las palabras del alcalde que califica al aparato oficial como "una máquina autónoma que funciona por sí misma". Aquí Kafka trata el íntimo y más inhumano de los contenidos de la concepción burocrática: el proceso de alienación que transforma una estructura de relaciones humanas en un objeto petrificado, en una máquina ciega.

En "El Castillo" alude Kafka a la frecuente duplicidad de una serie de héroes. Klam, por ejemplo, se parece a un águila cuando se lo observa en sus funciones oficiales pero cuando este poderoso representante del castillo es visto a través del ojo de la cerradura, se nos aparece como cualquier otro burócrata: de estatura mediana, gordo, fumando y bebiendo cerveza, con bigotes en punta y gafas. Así se nos revela el mismo castillo: por fuera impenetrable, todopoderoso, pero mirado de cerca se ve que sufre no menos desgracias que la aldea.

El lado corrupto y feo del poder del castillo, surge de la lectura del capítulo Sordini-Amalia: la expulsión de la virginal muchacha, que no acepta las proposiciones deshonrosas del funcionario.

La propensión de Kafka a descubrir el rostro de la pequeñez, la mediocridad y la inmoralidad que están tras la magnífica fachada del Estado, tiene también su expresión en otros escritos. En "El Proceso" nos pinta a un juez que ocupa con descaro su estrado judicial, pero por las declaraciones de Leni nos enteramos de que en realidad está sentado sobre un simple banquillo de cocina cubierto por una vieja manta; el antiguo y respetado Código en el vacío recinto de justicia resulta ser una colección de fotografías de relatos pornográficos. El mismo motivo lo encontramos en una cantidad de retratos de Kafka, como por ejemplo "Poseidón"; en éste el dios del mar se nos aparece como un burócraata mediocre, que sentado a su mesa de trabajo se dedica a efectuar simples operaciones de aritmética.

"El Castillo" trata el problema de la impotencia del hombre frente a la diabólica farsa, a la pedantesca, a la complicada, brutal y ridícula táctica del omnipotente aparato de gobierno. No sólo Kafka, como un extraño y un "perturbador", sino todos los que protestan contra el poder son triturados sin misericordia por la "máquina", no por medio de un golpe mortal directo sino con lentitud, indirectamente y con astucia, absorbiéndoles la médula de sus huesos. En esta novela se ataca al poder político y burocrático como tal. Igual que los pensadores anarquistas, no critica una forma determinada de Estado sino su esencial y universal contenido y significado: el poder institucional jerárquico.

Pero este análisis de "El Castillo" y "El Proceso" puede ser considerado como parcial si no agregamos que la actitud de Kafka y de Joseph K. frente a la autoridad no consiste sólo en una pura rebeldía; encontramos también en esta actitud cierta reverencia temerosa, es un esfuerzo por ser reconocido. Esta situación ambivalente la encontramos en la actitud de Kafka frente al padre y en su relación con la misma autoridad divina.

En la colonia penitenciaria

Entre los relatos cortos de Kafka el más significativo desde el punto de vista político es "En la colonia penitenciaria": un vigoroso grito de protesta contra la bestial autoridad y la falsa y extraña justicia.

Con frecuencia se ha opinado que a través de este relato previó los campos de concentración nazis. Pero Kafka pintó una determinada realidad de su época: el colonialismo francés. Los comandantes y oficiales de la prisión son franceses que "no quieren olvidar su hogar"; los sumisos soldados, los obreros-peones y la víctima condenada a muerte, son nativos que "no entienden una palabra de francés". Kafka introduce el trasfondo colonial para subrayar la brutalidad de determinados gobernantes. Este poder autoritario es más brutal que el que encontramos en "El Castillo" y "El Proceso".

En su obra "En la colonia penitenciaria" Kafka nos habla de la cruel venganza de un poder iracundo. Un desgraciado conscripto es condenado a muerte por no cumplir con las órdenes y por faltarle el respeto a sus superiores. Fue encontrado en falta en un irrisorio deber: saludar cada hora de la noche a la puerta de su cuarto; al recibir de su capitán un fustazo en la cara, tiene este soldado la osadía de rebelarse contra la autoridad, y faltando toda responsabilidad de defensa de acuerdo con el reglamento de disciplina de los oficiales, es condenado a morir por medio de una máquina de tortura que graba en su cuerpo: "¡Respeta a los que están delante de ti!" Pero esto no es lo esencial de su relato, pues si tan sólo fuera ése el contenido no habría diferencia alguna entre el relato de Kafka y centenares de otros relatos sobre presidios y correccionales. La figura central de "En la colonia penitenciaria" no es el investigador ni el penado, el oficial o el comandante sino la máquina.

El relato gira alrededor de la máquina infernal, su origen, su papel y su significado. La máquina, según las palabras del oficial, se convierte con el tiempo en un fin en sí misma. La máquina no existe para infligir el castigo al hombre, sino que el hombre está destinado a la máquina, para servirle como alimento, con su cuerpo, a fin de que pueda grabar sobre él un estético texto con letras de sangre, decorado con flores y otros ornamentos. Hasta el oficial sirve a la máquina pues al final cae él mismo víctima del Moloch que no satisface su hambre.

Kafka vuelve nuevamente a las raíces del problema: el proceso de alienación que convierte al objeto, a la creación humana, en un amo opresor, autónomo y extraño. La máquina domina al hombre y lo destruye en vez de prestarle ayuda y servirle.

¿A qué máquina devoradora de víctimas propiciatorias se refería Kafka? El relato "En la colonia penitenciaria" fue escrito en octubre de 1914, tres meses después del estallido de la Primera Guerra Mundial.

[Nota: Este artículo se publicó en lengua yídish en el periódico anarquista neoyorquino Freie Arbeiter Stime (entre el 15-I-67 y el 15-I-68); aprovechamos la traducción de G. R. publicada en la revista bonaerense Reconstruir (julio-agosto 1968).]

Extraído de http://www.nodo50.org/tierraylibertad/222.html#articulo6

KAFKA Y EL SOCIALISMO
Per Michael Löwy


Es evidente que no se puede reducir la obra de Kafka a una doctrina política, cualquiera que sea. Kafka no produce discurso, crea personajes y situaciones, y expresa en su obra sentimientos, actitudes, un estado de espíritu. No está prohibido, sin embargo, explorar los pasajes y los lazos subterráneos existentes entre su espíritu antiautoritario, su sensibilidad libertaria, sus simpatías socialistas por un lado, y sus principales escritos por otro. Son vías de acceso privilegiadas a lo que se podría llamar su paisaje interno.

Una alta idea del internacionalismo

Kafka había manifestado interés por la Revolución rusa: en una carta dirigida en septiembre de 1920 a su amiga Milena, hace referencia a un artículo sobre el bolchevismo que ha causado una gran impresión, precisa, "en mi cuerpo, mis nervios, mi sangre". Se trata de un artículo de Bertrand Russel, titulado "Sobre la Rusia Bolchevique", aparecido en el Prager Tagblatt del 25 de agosto de 1920. El punto de vista de Kafka se precisa en otra carta a Milena, algunas semanas más tarde: "No se si has comprendido mi observación sobre el bolchevismo. Lo que le reprocha el autor justifica a mis ojos la mayor alabanza que se pueda conceder aquí abajo". ¿A qué crítica hace referencia el filósofo inglés? "El verdadero comunista es enteramente internacional. Lenin, por ejemplo no está más concernido por los intereses de Rusia que por los de otros países; Rusia es, en este momento, el protagonista de una revolución social y, como tal, tiene un valor para el mundo, pero Lenín estaría dispuesto a sacrificar Rusia antes que la Revolución, si esta disyuntiva se presentara". En otros términos, lo que parece a Kafka digno de elogio en los revolucionarios rusos, es precisamente lo que les reprocha Bertrand Russel: su compromiso radicalmente internacionalista....

Estos comentarios muestran un interés -crítico- hacia la experiencia soviética pero, en el estado actual de la documentación, nada sugiere alguna relación de Kafka con el movimiento comunista. En cambio, numerosos testimonios contemporáneos hacen referencia a la simpatía que tenía por los socialistas libertarios checos y a su participación en algunas de sus actividades.

A comienzo de los años treinta, Max Brod recogió informaciones de uno de los fundadores del movimiento anarquista checo, Michal Kacha. Se refieren a la presencia de Kafka en las reuniones del Klub Mladych (Club de jóvenes), organización libertaria, antimilitarista y anticlerical frecuentada por varios escritores checos. El escritor anarquista, Michal Mares, testifica la participación de Kafka en una manifestación contra la ejecución de Francisco Ferrer, el educador libertario español, en octubre de 1909. Durante los años 1910-1912, habría asistido a conferencias anarquistas sobre el amor libre, sobre la Comuna de París, sobre la paz y contra la ejecución del militante libertario parisino, Liabeuf.

No se trata de ninguna manera de demostrar una pretendida "influencia" de los anarquistas praguenses en los escritos de Kafka. Bien al contrario, fue él quien, a partir de sus propias experiencias y de su sensibilidad antiautoritaria, eligió frecuentar, durante algunos años, las actividades de esos medios. Esta sensibilidad, la definió él mismo, no sin una sinceridad implacable, en una carta a Félice Bauer del 19 de octubre de 1916: "(...) yo, que muy a menudo he carecido de independencia, tengo una sed infinita de autonomía, de independencia, de libertad en todas las direcciones (...). Todo lazo que no creo yo mismo, aunque sea contra partes de mi yo, no tiene valor, me impide andar, le odio o estoy bien cerca de odiarlo". Una sed infinita de libertad en todas las direcciones: no se podría describir mejor el hilo rojo que atraviesa tanto la vida como la obra de Kafka -sobre todo la del período inaugurado en 1912- y les da una extraordinaria coherencia, a pesar de su trágica falta de conclusión.

En efecto, un antiautoritarismo de inspiración libertaria atraviesa el conjunto de la obra novelística de Kafka, en un movimiento de "despersonalización" y de reificación creciente: de la autoridad paternal y personal hacia la autoridad administrativa y anónima. No se trata de ninguna doctrina política, sino de un estado de espíritu y de una sensibilidad crítica -cuya principal arma es la ironía, el humor, ese humor negro que es "una revuelta superior del espíritu" (André Breton).

Las primeras novelas de Kafka -El Veredicto y La Metamorfosis- que datan de 1912, ponen en escena la autoridad patriarcal o, por retomar un comentario de Milan Kundera sobre el tema, el "totalitarismo familiar". El gran giro hacia la crítica de los "aparatos" de muerte anónimos, es la novela La Colonia Penitenciaria, de 1914. Hay pocos textos en la literatura universal que presenten la autoridad bajo un rostro tan injusto y asesino. No se trata del poder de un individuo -los comandantes de la colonia no juegan más que un papel secundario en la narración- sino del de un mecanismo impersonal.

El marco de la narración es el colonialismo francés. Los oficiales y comandantes de la colonia penitenciaria son franceses, mientras que los humildes soldados, los trabajadores del puerto, las víctimas que deben ser ejecutadas son "indígenas" que "no comprenden una sola palabra del francés". Un soldado "indígena" es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en pocas palabras la quintaesencia de la arbitrariedad: "¡La culpabilidad no debe nunca ser puesta en cuestión!". Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina de torturar que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que le traspasan: "Honra a tus superiores".

El personaje central de la novela no es ni el viajero que observa los acontecimientos con una muda hostilidad, ni el prisionero, que no reacciona en absoluto, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la colonia. Es la propia máquina.

Profundamente antiautoritario

La inspiración antiautoritaria está inscrita en el corazón de las grandes novelas de Kafka, El Proceso y El Castillo, que nos hablan del estado -bajo la forma de la "administración" o de la "justicia"- como de un sistema de dominio impersonal que aplasta, ahoga o mata a los individuos. Es un mundo angustioso, opaco, incomprensible, en el que reina la no-libertad. Hay que recordar que Kafka no describe en sus novelas estados "de excepción": una de las ideas más importantes -cuyo parentesco con el anarquismo es evidente- sugeridas por su obra, es la naturaleza alienada y opresiva del estado "normal", legal y constitucional. Desde las primeras líneas del Proceso, queda claramente dicho: "K. vivía bien en un estado de derecho (Rechtstaat), la paz reinaba en todas partes, todas las leyes estaban en vigor, ¿quién se atrevía pues a asaltarle en su casa?". Como sus amigos, los libertarios praguenses, parece considerar toda forma de estado, el estado como tal, como una jerarquía autoritaria y liberticida.

Extraído de http://revoltaglobal.cat/article686.html

Kafka con la bella ciudad de Praga de fondo.


FRANZ KAFA, UNA METÁFORA DEL SIGLO XX

Raúl Calvo Trenado/ Juan Kalvellido


Los historiadores se refieren al V antes de nuestra era como el siglo de Pericles, o al siglo XV como la era de los descubrimientos, o al XVIII como la Ilustración, o... Nosotros, al menos por lo que dure este escrito, vamos a llamar al no hace mucho tiempo concluido siglo XX como el siglo de Franz Kafka.

Una afirmación osada, es verdad, ya que por muy influyente que haya sido este escritor en la historia de la literatura, dudamos que ello haya significado que el gran público lo lea masivamente cual best seller vendido en unos grandes almacenes y que por tanto pueda haber cambiado la vida de millones de personas. Sin embargo, pocas plumas del siglo pasado nos sirven tanto como la del autor de En la colonia penitenciaria para poder realizar a la vez una parábola y un resumen de esta época.

¿Quién no se ha querido jalar a Kafka para sí? El realismo mágico lo cita como antecesor, de hecho en el libro El olor de la Guayaba, entrevista de Plinio Apuleyo Mendoza a Gabriel García Marquez, éste reconoce cuánto le debe a La metamorfosis; el existencialismo ve como en sus relatos abunda el absurdo, la desesperación y un toque individualista; un individualismo, por cierto, en el que reparan ciertas tendencias anarquistas; el marxismo advierte su crítica a la burocracia al igual que de nuevo el anarquismo; el judaísmo- recordemos: Kafka es judío- busca simbolismos de esta religión; el psicoanálisis podría aclararnos si Franz es paranoico y cómo le han afectado sus traumas familiares; sabemos además que simpatizó con la Revolución rusa y el bolchevismo, etc. etc.

Hasta tal punto se prolonga la sombra de Kafka que varias veces flotan en el aire las preguntas de qué hubiera pensado del ascenso del nazismo y el holocausto (murió en 1924) e incluso, por qué no, qué hubiera dicho acerca holocausto contra el pueblo palestino.

Para ser un escritor “duro” y quizá de minorías no está nada mal... De hecho existe el adjetivo kafkiano, que el diccionario define como “Dicho de una situación: Absurda, angustiosa”. No muchos autores tienen el lujo de contar con un adjetivo propio, nos viene ahora a la mente solo el término dantesco. Es verdad, se nos puede decir, que existen otros tales como cervantino, quevedesco, calderoniano, etc. pero hacen más referencia a la obra del autor o semejanzas con ella- humor quevedesco, por ejemplo- que a situaciones, digamos “independientes” de sus autores.

Franz Kafka nació, como es sabido, en la bellísima ciudad de Praga- si tenéis ocasión, visitadla- lugar que contaba con uno de los más antiguos guetos de Europa. Su lengua no será el checo sino el alemán- si bien dominaba las dos- ya que su padre fue la que impuso porque real o supuestamente le convendría para tener éxito en el mundo del comercio y los negocios; esto, unido a su origen judío le da una sensación de desubicado, de pseudoexiliado.

Su padre precisamente ha sido la persona que- para mal- más ha influido en su vida; una figura castradora y autoritaria, su Hitler-Stalin particular, y que de alguna manera simboliza la represión alienante del pasado siglo. “Te destrozaré como a un pez”, le dice a su hijo, según cuenta éste en la Carta al padre, una de las misivas más famosas del siglo XX y que jamás fue enviada. En lenguaje actual diríamos que trató de llevar a su hijo por el camino “políticamente correcto” para hacer de él un ciudadano de pro dedicado al comercio o la abogacía.

Podemos ver el rastro de la figura paterna represora en sus escritos: en La metamorfosis y, sobre todo, en La condena, donde, por motivos que no quedan aclarados, un padre condena a su hijo a muerte por lo que parece ser un terrible pecado de desobediencia.

¿Qué tanto pudo influir este pesado ambiente familiar y social en que nuestro autor padecer de insomnios y jaquecas? Además, para acabar de complicar la situación, padeció tuberculosis. ¿Cuánto marcó todo esto las relaciones de Kafka con otras personas, especialmente con las mujeres a las que amó? Sea como fuere, no pudo establecer relaciones sentimentales estables.

Su falta de seguridad en sí mismo y en su propia capacidad le provocó no sólo que fuera renuente a publicar sino que gran parte de su obra esté inacabada y fragmentaria. Según un mal chiste, tanto en el sexo como en la literatura, mister Kafka todo lo dejaba a medias.

Paradójicamente, esa forma de componer “a trozos” es definitoria del estilo kafkiano. No nos imaginamos al autor con unos manuscritos perfectamente acabados sino que pareciera acomodarse bien su estilo “roto” a sus intenciones en unos textos a la vez claros y o níricos. Claros, expositivos y fríos como un libro de leyes o de medicina, o níricos como el mejor de los sueños, o la peor de las pesadillas.

Pensemos en su obra más famosa y uno de los grandes referentes culturales de la era contemporánea, La metamorfosis. Gregor Samsa despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto, dice la obra, y normalmente se suele pensar en una enorme cucaracha, un ser que a la mayoría de la gente le causa repulsión. El protagonista es viajante de comercio, tiene una familia bien interesada y, como se dijo anteriormente, un padre autoritario. El paralelismo con el escritor es evidente. ¿Así se veía el autor, despreciado como un bicharraco asqueroso? Pero, quién metamorfosea en realidad, ¿Gregor Samsa o su familia, que lo desprecia y arrincona ahora que no sirve para traer dinero y mantener la casa? ¿Y en verdad han metamorfoseado o siempre fueron así? ¿Y vosotras/os, no os habéis sentido alguna vez como bichos raros en este mundo de locos?

En El Proceso, Josef K- nombre que aparece en más relatos y sobre el que no es necesario insistir que la K coincide con la inicial del apellido del escritor- es acusado de algo que nunca sabremos y contra lo que no podrá defenderse en medio de una maraña de burocracia infranqueable. Aquí, insisto, el estar el texto incompleto y fragmentario ayuda a crear la atmósfera de absurdismo, de no entender exactamente qué pasa y en cierto modo, al igual que en las tragedias griegas, de vernos como unos peleles del destino o, más prosaicamente, de unas circunstancias surrealistas.

Precisamente en esta novela se encuentra el que considero su obra maestra, Ante la Ley un relato que se publicó de manera independiente y que aparece en medio de este escrito. Es un texto muy corto, como de una hoja, y recomiendo su lectura. Es sin duda su creación más hermética y más dada a suposiciones e interpretaciones; omito las mías y os animo a buscar la vuestras.

Quizá su mejor amigo haya sido Max Brod, a la vez su editor y su albacea testamentario. Y quien publicó casi toda la obra de Kafka a la muerte de éste, pese a que dejó escrito que la destruyeran (también a veces la “retocó” de manera un tanto caprichosa para “adecuarla”, lo que ha llevado a que los estudiosos hayan tenido que trabajar duro para recuperar la pureza del original). ¿Estáis de acuerdo con esa decisión de editar sus trabajos contra la decisión de su autor? En contra de esta postura está, obviamente, el respetar la última voluntad de Franz, a favor, el que dado el carácter excepcionalísimo de su prosa, ésta ya no pertenece en exclusiva a su autor sino que es patrimonio de la humanidad y hubiera sido un crimen terrible destruirla. ¿Qué opinas, querido lector, querida lectora?

Extraído de http://madrid.indymedia.org/newswire/display/13040/index.php

lunes, 4 de enero de 2010

‘Pupilas’ de San Julián se niegan a prestar servicio

Osvaldo Bayer

San Julián. El 17 de febrero de 1922. Tras finalizar la campaña donde el ejército fusiló a cientos de peones rurales en Santa Cruz, el comandante Varela le dio franco a los soldados.
Un numeroso grupo se dirigió al prostíbulo La Catalana. Las mujeres los recibieron con las escobas en alto y, sin temor a ninguna represalia les gritaron "¡Asesinos! ¡Con ustedes no nos acostamos!", mientras cargaban las escobas en la espalda de los represores. Van presas. "Son las únicas voces de repudio en medio del silencio de la sociedad cómplice. Temiendo que el episodio se difundiera se las deja en libertad... total... era la opinión de cinco pobres mujeres", dice Osvaldo Bayer, investigador, escritor e historiador que recuperó los episodios de aquella trágica represión.

La negativa de las mujeres


El 17 de febrero de 1922 en Puerto San Julián, Santa Cruz, más precisamente en el prostíbulo "La Catalana" Consuelo García, 29 años, argentina, soltera; Ángela Fortunato, 31 años, argentina, casada; Amalia Rodríguez, 26 años, argentina, soltera; María Juliache, 28 años, española, soltera; Maud Foster, 31 años, inglesa, soltera; junto con Paulina Rovira, la dueña del prostíbulo, encabezaron lo que Osvaldo Bayer llamó "la única derrota de los vencedores".
En un artículo escrito por Bayer, sobre este tema destaca que "tras la campaña de caza a los huelguistas, los soldados habían demostrado ser "fuertes, duros y machos" fusilando sin asco a indefensos obreros gallegos, chilenos, polacos, rusos, alemanes, argentinos, por la osadía de pedir una cama limpia para pasar la noche, un paquete de velas, y jornada de descanso.
"Cumplida la carnicería, Varela consideró pertinente, para solaz y esparcimiento de sus subordinados, enviarlos de visita a los prostíbulos de la zona. Paulina Rovira, encargada de la casa de tolerancia "La Catalana" en San Julián, recibe el aviso. Pero, las cinco pupilas del establecimiento se le rebelan. Llegada la tropa, las mujeres esgrimen palos y escobas y al grito de: "¡Asesinos, cabrones, no nos acostamos con asesinos!" rechazan a los soldados.
Este episodio, que el tiempo ha convertido en leyenda, forma parte ya de historia de las huelgas y fusilamientos en la Patagonia, y ha sido recreado de diversas maneras. Desde la serie histórica novelada por Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia Trágica; el texto dramático para ser representado en El maruchito: sangre y encubrimiento allí en las tierras del viento, de Juan Raúl Rithner; y la obra en Pupilas del desierto de Lili Muñoz.

Mujeres sin voz


Estas mujeres no tenían voz para la historia oficial, "eran mujeres públicas, lisa y llanamente, putas, último lugar social, seres desclasados; pero fueron, sin embargo, las únicas que se atrevieron a enfrentar a los asesinos y resistir desde el mínimo lugar de dignidad que les habían dejado", dice Bayer.
Después de su increíble acto de rebelión, se hicieron invisibles para la versión estatal, por voluntad propia, sabiéndose la parte más delgada del hilo, o por voluntad del relato oficial, a quien convenía su invisibilidad. Bayer cuenta que estas mujeres a causa de su rebelión fueron detenidas en la comisaría de San Julián, y que con ellas marcharon los tres músicos del prostíbulo: Hipólito Arregui, Leopoldo Napolitano y Juan Acatto, que son dejados de inmediato en libertad al llegar a la comisaría porque declaran solícitos que reprueban la actitud de las pupilas. Además, son músicos que siempre prestan sus servicios gratuitos en las fechas patrias.

Cuando decir No es ganar


La orden del militar a cargo de la tropa, ante el "no" de las pupilas, de ingresar al prostíbulo aunque sea por la fuerza, lleva a que las pupilas se defiendan con sus armas (escobas, palos, etc.) e impidan de ese modo que la violación (invisible para la sociedad) se concrete. De acuerdo a la lógica militar la violación de esas mujeres no era, propiamente, una violación, sino el derecho del vencedor de usar a los vencidos, y por eso ellas deben defenderse con sus propias manos. Enfrentando de manera visible lo que los militares habían realizado de manera invisible. El prostíbulo estaba en el pueblo, todo el mundo vería que disparaban a mujeres desarmadas, en cambio nadie vio cuando disparaban sobre peones desarmados. Ese es uno de los desafíos que las pupilas le arrojan a la cara a las tropas de Varela. Pero Varela sabe que dar la orden de disparar sería una victoria pírrica.
El pueblo se coloca del lado de las tropas de Varela –por miedo, por razones- y nadie (ni sus propios compañeros músicos) se pone al lado de ellas. Ellas ponen su cuerpo en escena, como campo de batalla. Y ganan, aunque esa batalla ha quedado en el olvido hasta que Bayer recupera la dignidad de esas mujeres.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

EL CULTO POR LOS ASESINOS

Por Osvaldo Bayer
El culto de la Argentina oficial por los asesinos de rango es una constante. Al general Lavalle asesino de Dorrego -un mártir de la incipiente democracia- se lo premió dándole su nombre a una de las principales calles céntricas y un monumento justo frente al Palacio de la Justicia (un símbolo de esta Argentina mágico-realista) mientras que a la víctima se la mandó a los extramuros de Palermo de aquellos tiempos dándole su nombre a un callejón de tierra. El general fusilador pasó a ser un personaje romántico para la literatura, hablándose de su tristeza y la mala suerte de su destino. Sospechosamente muy poco tiempo después de los fusilamientos de junio de 1956 bajo Aramburu recomenzó el culto por el fusilador de Dorrego. Hasta se hizo una balada con acompañamiento de guitarra que cantaba al "romántico" y triste fusilador.
Al general Aramburu, por ejemplo, se le ha erigido un monumento y todos los aniversarios de su asesinato concurren representantes oficiales del gobierno de turno a hacer el consabido minuto de silencio (en vez de gritar la verdad de los asesinos de junio) y calles importantes llevan su nombre en varias ciudades. En vez del nombre de las víctimas, para que nos sirva de advertencia en el futuro, premiamos a los victimarios.
Pero, tal vez, la actitud más perversa de ponerse de rodillas ante los tiranos fue la decisión de bautizar con el nombre del militar José Félix Uriburu al puente que cruza el Riachuelo. El fascista uniformado que aprovechó las armas para derrocar al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, quebrando así el orden constitucional nacido en 1916 tiene ahí su monumento. El déspota barato y brutal ordenó fusilamientos, cárcel y fue el que oficializó la tortura con la picana eléctrica de Lugones hijo, padre legítimo de los Patti y Bussi actuales.
Para vergüenza de todos nosotros, los miles que atraviesan día tras día el Riachuelo tienen que sufrir la ignominia de leer el nombre de quien ejerció la fuerza bruta contra la dignidad y la libertad. En mis manos tengo un folleto, amarillento ya, desde cuya tapa me mira un muchacho sonriente, con cara de campesino español, Joaquín Penina, el primer fusilado "por la barbarie uriburista", como está en la tapa de este cuadernillo editado por el Comité Pro Presos y Deportados de Rosario, en julio de 1932.
¿Quién era Joaquín Penina? Un albañil de 26 años, que vendía libros después del trabajo. Libros libertarios. Pero dejemos hablar al folleto: "Penina tenía alma de apóstol. Fue un profundo rebelde. Vivió de cerca la injusticia social, amó el alma proletaria más que la suya propia. Como quien se libra de un pesado lastre, desposeyó su espíritu de todo egoísmo. La solidaridad fue en él un hecho profundo y vivido. En cada violencia ajena templaba su carácter. Así se hizo rebelde. Su rebeldía sin ruidos, sin gestos vacíos, pero de gran firmeza, se asentó en el dolor de muchos años tristes y dentro de su cerebro inquieto sólo vivió un deseo continuo: sembrar ideas. La dictadura lo sorprendió sembrando, para abrirle surcos de fuego en su carne y en su alma. Frente a la boca de sus pistolas, su rostro, sonriente siempre, enamorado de la vida a pesar de todas las injusticias, no pudo traducir rencor sino lástima hacia los criminales de la patria".
Joaquín Penina fue acusado de imprimir volantes contra Uriburu y de repartirlo. Lo que no hicieron los radicales que dejaron caer su gobierno ante un general que llegó a la Rosada con una decena de cadetes militares, lo hizo un obrero libertario. Militares y policías asaltaron la humilde habitación del albañil, lo arrastraron a la comisaría y a la noche lo fusilaron. Los autores del crimen tan vil fueron el teniente coronel Rodolfo Lebrero, el mayor Carlos Ricchieri (otro militar del mismo apellido, el general Ovidio Ricchieri sería uno de los más feroces representantes del sistema de desaparición de personas a partir de 1976); el capitán Luis Sarmiento y los policías Félix de la Fuente, Marcelino Calambé y Angel Benavídez. Los militares y policías que allanaron la pieza del obrero Penina se llevaron como botín 600 pesos, que éste había ahorrado para pagar el pasaje de sus padres desde España. La misma práctica aberrante de los "muchachos" de Videla y Massera.
El jefe del pelotón de fusilamientos fue el subteniente Jorge Rodríguez, quien dos años después del crimen denunciará -como Scilingo sesenta años más tarde- los detalles del crimen y mostrará su arrepentimiento público haciendo la denuncia que recogieron los diarios. Señaló el subteniente que a él le tocó el fusilamiento por estar de oficial de guardia en la noche del 10 de setiembre de 1930. Se le aproximó el capitán Sarmiento para decirle que debía ejecutar "a un individuo". Al pedirle aclaración de quién se trataba respondió "es un anarquista que fue sorprendido mientras imprimía panfletos incitando al pueblo y a la tropa contra las autoridades que rigen el país".
El detenido fue llevado en un camión celular hasta las barrancas del Saladillo. El pelotón estaba integrado por el subteniente Rodríguez y tres soldados, no con armas reglamentarias, sino con pistolas Colt. El subteniente Rodríguez describió así los últimos momento de Penina: "Fue bajado del camión y sintió el ruido de las cargas de las pistolas. Entonces yo, que lo tenía a un paso, lo vi abrir los ojos en mirada de asombro y rápidamente comprender. Dio un medio paso atrás y le vi morderse el labio inferior como si prefiriera sentir el dolor de su carne más no el temor. Yo iba detrás. Desde que lo había visto bajar, en mi frente y en mis ojos sentía que se había posado un velo de extrañeza y de irrealidad. No quise prolongar la valiente agonía de ese hombre. Ordené: ¡Apunten! Entonces el reo giró la cabeza hacia la izquierda y mirando con odio al grupo que presenciaba, gritó: "-¡Viva la anarquía! -su voz era templada, yo no ví temor.
"¡Fuego! -ordené, sin ver ya nada. Tres tiros"
Después de describir cómo le dio en la cabeza él mismo con el tiro de gracia, agregó el subteniente: "Todos nos acercamos hasta donde estaba el cadáver y alguien dijo: 'Fue un valiente hasta el último momento'. Vestía pobremente: zapatos de caña; pantalón, no sé si de fantasía o marrón oscuro. Un saco también oscuro. Era rubio y de pequeña estatura. Representaba unos 25 o 26 años. De sus bolsillos se sacaron dos o tres galletas marineras muy duras y en parte comidas, y un giro de cinco pesetas para un hermano de Barcelona. El giro no llegó a mis manos ni sé tampoco quién se lo llevó".
Zaherido, humillado, robado, fusilado. Somos todos asesinos. Los argentinos somos derechos y humanos. Votamos en forma directa y secreta por Bussi y Patti. Después nos indignamos contra el estudiante Ahumada que pateó a su profesora. Cuando no es más que un aprendiz de Patti y Bussi y la sociedad que le damos nosotros.
Un grupo de amigos pedirá al Concejo Deliberante que cambie el nombre del tirano asesino por el de su primera víctima: el obrero Joaquín Penina en el puente que une la capital con Valentín Alsina. Sería un principio para poder mirarnos en el espejo.

martes, 15 de diciembre de 2009

Kropotkin: Memorias de un revolucionario

Aunque se haya editado en muchas ocasiones, ahora podemos celebrar la reedición de estas memorias en una edición especialmente cuidada de Crítica, Barcelona.

Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red |


Aunque se haya editado en muchas ocasiones, ahora podemos celebrar la reedición de estas memorias en una edición especialmente cuidada de Crítica, Barcelona.
En estas memorias, Pietr Alexandrovitch Kropotkin(Moscú, 1843-Dmitroi, 1921) cuenta su apasionante vida. Se trata de un libro que “se bebe” más que leerse. Respira autenticidad, nobleza y conocimiento, y por más que se pueda discrepar de sus pensamientos, Kropotkin siempre será alguien que merecerá la máxima atención y respeto.
Kropotkin, conocido como «el Príncipe anarquista» —su familia pertenecía a la rama familiar del Zar—, militante, escritor y científico notorio, Kropotkin fue el principal teórico del comunismo anarquista y sin duda, la figura intelectual más influyente y respetada de esta corriente ideológica dentro del anarquismo.
Esta influencia fue particularmente importante en el movimiento obrero español, dentro del cual algunas de sus obras fueron verdaderosbest-sellers siendo escuchadas en muchos casos por grupos de campesinos analfabetos a los que un instructor se las lee. Kropotkin provenía de la notable franja de disidentes de la llamada «nobleza concienciada». Su padre fue un hombre bastante conformista, no en vano era dueño de una hacienda con 1.200 siervos. Sin embargo, su madre era un personaje byroniano: noble, hermosa e inquieta. Pietr fue adoptado —al igual que su hermano Nicolás que resultó más influenciado por las doctrinas de populistas de Pietr Lavro¾ por unos criados, por el pueblo, que les mostró su profunda humanidad. Por eso, a pesar de que se educó en el aristocrático «cuerpo de pajes» cuyos miembros gozaban de notables privilegios y de preferencias en el ejército, Pietr fue inclinándose casi irreversiblemente por la rebelión. Su primera actuación discrepante, fue al recibir el mando escogiendo destino en un regimiento siberiano marginal. Después de superar numerosos problemas burocráticos, se accedió a su petición y pudo viajar a la Siberia.
Allí conoció a numerosos exiliados políticos —algunos de los cuales habían conocido a Bakunin— y desarrolló algunas de las expediciones que le dieron una importante reputación como geógrafo (ver, Julio Muñoz Jiménez y Nicolás Ortega Cantero, El pensamiento geográfico, Alianza Universidad, Madrid, I cap.). En 1868, Kropotkin se retiró del ejército y se dedicó primordialmente a sus trabajos científicos: investigó formaciones geológicas en Finlandia y se interesó por los progresos de la exploración del Ártico. Tres años más tarde, se le ofreció el cargo de secretario de la Sociedad Geográfica Rusa, pero ya tenía otras preocupaciones. Sus inquietudes políticas se acrecentaron cuando comprobó el fracaso del reformismo palaciego en la cuestión de la libertad de los siervos.
Desde entonces, dejó de interesarse por la geografía por lo que limitó sus aportaciones a diversas colaboraciones ocasionales, y a ensayos orientados sobre todo a ganarse la vida. Influenciado por diversas lecturas y sobre todo por la irresistible atracción que sintió por la corriente de los norodniks y por su idealización del campesinado y de la comuna agraria —con la que esta corriente pensaba encontrar un «atajo» para llegar al socialismo evitando la revolución industrial— como forma de organización social ideal.
En 1872, Kropotkin logró salir al extranjero y visitar Suiza. Después de haber tratado con las diferentes tendencias socialistas, se decidió por los discípulos de Bakunin, aunque su visión del anarquismo y de sus métodos diferirían notablemente de los de éste. La mayor parte del tiempo que permaneció en Suiza lo pasó entre los relojeros del Jura, y entre ellos se impregnó de las ideas fundamentales de un anarquismo basado en el artesanado y al que permaneció inalterablemente fiel hasta el final de su vida. Kropotkin no volvió a tener más una relación viva y estrecha con el movimiento obrero organizado. Una vez en Rusia se convirtió en un clandestino Borodin que se hizo famoso en los medios opositores antes de ser detenido por la policía.
Piotr tuvo que purgar dos años de cárcel en San Petersburgo y conoció un trato benévolo gracias a sus familiares. En 1876, pudo fugarse de una forma bastante rocambolesca y trasladarse a Inglaterra, no pudiendo regresar a Rusia basta más de cuarenta años después. Durante ese tiempo su relación con el movimiento revolucionario ruso fue sobre todo intelectual y particularmente con los sectores más radicales del populismo.
Su labor en Inglaterra —donde llega a convertirse en una figura admirada y respetada, incluso entre la flor y crema de la intelectualidad liberal victoriana— le hace pronto ser el más sobresaliente representante del núcleo libertario inglés que coexiste todavía con la Federación Socialista primero, y con la Liga Socialista después. Vuelve a Suiza en 1879, y desde allí extiende su influencia propagandística, escribiendo, entre otras cosas, primer folleto en el que intenta sistematizar su pensamiento: La idea anarquista desde el punto de vista de la acción práctica. Expulsado de este país en 1881 —fecha en la aproximadamente la famosa Federación del Jura empieza su «aburguesamiento»—, se traslada a Francia donde será encarcelado durante dos años hasta que una petición de gracia firmada por varios de los nombres más rutilantes de la intelligentzia liberal victoriana, consigue su liberación. Esta será la última aventura militante.
Definitivamente instalado en Londres, se dedica —excepción hecha de algún viaje para dar alguna conferencia y de alguna acción menor— totalmente a su obra escrita dentro de la cual ocupa un lugar capital La ayuda mutua: un factor de la evolución (ZYX, Bilbao, 1970, entre otras muchas). Esta obra ha supuesto, en una opinión muy generalizada entre los especialistas, el mayor esfuerzo por parte de la corriente libertaria de encontrar un soporte científico. Kropotkin contradice algunas de las ideas expresadas por Charles Darwin —al que consideró siempre uno de sus maestros— y sobre todo las que la de la obra de éste dedujeron intesadamente los llamados «darwinistas sociales» como Herbert Spencer, como una justificación más de que la ley del más fuerte de la naturaleza era aplicable a la sociedad, y por lo tanto servía para glorificar el capitalismo monopolista trató de encontrar un suplemento a la ética protestante y a la religión tradicional.
Para Kropotkin, la tendencia más influyente y progresiva de la evolución humana no es la competencia sino la ayuda mutua, que «complementa la competencia, anulándola» porque, en su opinión, está demostrado “que los grupos y agrupaciones más débiles se agrupan y solidarizan entre ellos para superar su debilidad, y que en esa práctica, de la ayuda mutua y su desarrollo subsiguiente creaban las condiciones mismas de la vida social». Gracias a esta tendencia aunada con la iniciativa individual, se produjeron desarrollos como el alcanzado por la Grecia clásica y en «la amplia difusión de los principios de la ayuda mutua en la época presente vemos también la mejor garantía de una evolución aún más elevada del género humano».
Intelectual completamente deudor del espíritu liberal y positivista de su tiempo, el «Príncipe Anarquista» está persuadido de que: «Los descubrimientos del siglo XIX en el dominio de la mecánica, de la física, de la química, de la biología, de la astrología, etc, no se debieron a la ayuda del método dialéctico, sino al científico natural, al deductivo-inductivo, y como el hombre es una parte de la naturaleza, como el crecimiento de una flor o el desarrollo de la vida colectiva entre las hormigas o las abejas, no existe ninguna razón para que hayamos de modificar nuestros métodos cuando pasamos de una flor a un hombre. Cuando en la segunda mitad del siglo XIX, se empezó a aplicar el método inductivo-deductivo, el estudio de la sociedad humana, en parte alguna se halló un punto en que hubiese sido rechazado para volver a la escolástica medieval reivindicada por Hegel». Este planteamiento le alejaba no sólo de Marx —convertido en algo no muy superior a un plagiario y a un intrigante alemán— sino también de Bakunin que siempre puso mucho mayor énfasis en la destrucción como labor creadora en tanto que Kropotkin lo hace especialmente en las tareas constructivas y pacíficas.
Una aportación por lo general poco valorada, es la de Kropotkin historiador en la que mostró una perspicacia y una capacidad de introspección poco común. Escribió un estudio muy elaborado sobre la Revolución francesa (La gran revolución. 1789-1798, de la que la Ed. Nacional mexicana realizará una hermosa reedición en 1967; la Fundación que lleva el nombre de su traductor, Anselmo Lorenzo, ha hecho una edición abreviada), con el propósito de demostrar que su verdadero origen había que encontrarlo especialmente en los desórdenes económicos y en el descontento del pueblo llano, y para concluir que aunque destruyó el absolutismo político y la servidumbre económica, fracasó a la hora de satisfacer las exigencias de las demandas inconexas de unas masas que después de protagonizar los capítulos más trascendente fueron sustituidas por los partidos políticos, por los jacobinos en los que halló luego un precedente del bolchevismo.
Otra aportación notoria —que tuvo un impacto inmediato en las huestes ácratas dando lugar a interminable polémicas—, fue la doctrina del «comunismo libertario» que contraponía al «individualismo anarquista» de Proudhom, al colectivismo que veía en Bakunin. Kropotkin estaba convencido de que el Estado se había formado negando y aplastando las formas de vida basada en las «comunidades libres» como las de las ciudades independientes de la Edad Media. Por lo mismo creía que el problema de la revolución no radica tanto en la destrucción frontal del Estado y tampoco en transformar la naturaleza de éste, sino en el desarrollo de comunidades-modelos, colectividades o cooperativas como las descritas en Campos, fábricas y talleres, un libro que llegó a los trabajadores como una confirmación de lo que ellos ya barruntaban en sus propias deliberaciones y experiencias.
Parece evidente que lo que se ha llamado el tercer anarquismo (después del de Proudhom y del de Bakunin) pierde gran parte del dinamismo y la fe en la revolución que impregnó al segundo. Frente a la indignación violenta y el insurreccionalismo, y frenet a la impaciencia bakuniniana, Kropotkin opone un cierto gradualismo justificando una actuación a largo plazo por la inevitabilidad positiva del progreso. Su anarquismo formaba parte de una filosofía natural y científica que descansaba en la confianza ciega en la capacidad de las masas en mayores reconstruir una economía natural y comunitaria sin entrar en demasiadas consideraciones sobre las condiciones socioeconómicas y los imperativos trágicos de la guerra de clases.
Esta aptitud fue creciendo en un marco nacional estable como el británico de entre siglo, en el que los conflictos sociales no fueron nunca relevantes y en donde la izquierda fue progresivamente integrada gracias a la expansión colonial y a la integración de ciertas reformas. Con el tiempo, Kropotkin fue admirado como un revolucionario pasivo, como un león domesticado, que aunque nunca llegó a pactar directamente con el sistema no por ello dejó de ser asimilado. Su actuación respetuosa, dolorosamente crítica contra las actuaciones terroristas, su bondad natural, su debilidad ante el halago, le hicieron ser un anarquista excepcionalmente admirado por los salones de la «alta sociedad» y por gente tan poco radical como los fabianos.
Por eso hay que admitir que su posición cuando estalló la Primera Guerra Mundial —que había previsto y denunciado con vehemencia como pacifista— no fue una improvisación. Aceptó plenamente la versión oficial de las autoridades británicas y francesas y descargó toda la responsabilidad del drama en los alemanes a los que englobó —desde Guillermo II a los marxistas— como enemigos de la civilización, y encabezó el famoso manifiesto de los 16 a favor de los aliados. Vio entonces que había sido la influencia del autoritarismo prusiano el punto de infección que creó el cáncer zarista. Apoyado por una minoría del movimiento anarquista internacional —así como por su fiel compañera Sofia, típica esposa abnegada para un hombre que ignoró los criterios del feminismo—, Kropotkin fue inflexible en este punto y asistió con dolor y estupor a las críticas que gente como Malatesta le hacían irreductiblemente desde su propio campo. Su actuación en la Rusia posrevolucionaria fue una continuación de este posicionamiento, ya lejano del original de sus años anteriores a la “Gran Guerra”.
Al regresar a Rusia fue en un principio recibido como uno de los exiliados más ilustres, pero sus posiciones favorables a la continuación de la guerra fueron apartándole de los movimientos de masas y de la tendencia anarquista más internacionalista.
Esta es una página arrancada de la historiografía anarquista sobre la revolución rusa.
En contra de los anarquistas que tanto habían aprendido de sus lecciones, ahora Kropotkin se mostraba favorable al gobierno “laboralista” de Kerenski. Éste mismo planeó abrillantar su gobierno concediéndole una cartera al viejo revolucionario, lo que Kropotkin no aceptó por fidelidad a su trayectoria….
Pero se opuso a los soviets y criticó la dualidad de poderes en nombre del orden y de la continuación de la guerra. Su constitución empezaba a resentirse cuando los bolcheviques tomaron el poder causándolo un doble disgusto: como liberal partidario del Gobierno provisional y como anarquista favorable a la descentralización económica. En junio de 1918 se retiró de Moscú al campo pasando a ser un símbolo de una tradición anarquista que, a través de él y de sus partidarios, se daba la mano con las tendencias populistas. Orientó sus últimos esfuerzos hacia el desarrollo y coordinación de cooperativas locales y hacia la escritura de una Ética por encima de las contradicciones de clase. Pocas veces como ahora se sintió tan cercano al anarquismo moralista de Tolstoy, personaje con el que tuvo una lejana e intensa amistad basada en no pocas afinidades. Se entrevistó con Lenin —al que trató muy duramente— en dos ocasiones para interceder por los detenidos, y denunció el apoyo de los Aliados a los blancos, sugiriendo que con ello Occidente exasperaba a la revolución y proponía a cambio una actitud más constructiva de una civilización que ya no cuestionaba. Fue tratado con benevolencia por las autoridades, y al morir quedó consagrado como una gran personalidad rusa. El entierro de Kropotkin fue, al parecer, el último acto del anarquismo ruso en la legalidad.
La lectura de estas memorias debería de star complementadas por la lectura de su biografía más minuciosa es la de Woodcock (George) y Avakumovick (Iván), El Principe anarquista(Júcar, Madrid, 1975, con un prólogo de Angel J. Cappelletti, y que yo sepa, no ha sido reeditada.
Si no pasa nada, en los próximos meses Libros de la Frontera reeditara uno de sus ensayos menos conocidos, La literatura rusa. Los ideales y la realidad, del que el autor de estas líneas pudo hacerse de una vieja copia editada por la editorial Claridad de Buenos Aires, allá por 1945.

Fuente: http://www.kaosenlared.net/noticia/kropotkin-memorias-revolucionario

domingo, 6 de diciembre de 2009

El último revolucionario

Un filme redescubre a Cipriano Mera, el cenetista que batió a Mussolini en el 36


Más maletas, es la guerra! Quien pensara que el fotógrafo Agustí Centelles, protagonista de la controversia cultural de la semana, era la única persona que huyó de España en 1939 portando una maleta codiciada por todos se equivocaba. El cenetista Cipriano Mera manejó hasta dos maletas de contenido explosivo, como se cuenta en el documental de Valentí Figueres Vivir de pie. Las guerras de Cipriano Mera, que se estrenó el viernes.
La mejor manera de comprender el mito de Cipriano Mera, el albañil anarquista que llegó a comandar la 14ª división del Ejército republicano durante la contienda, es desvelar el contenido de estos dos bultos. El primero llegó a sus manos tras batir a las tropas de Mussolini en la Batalla de Guadalajara (marzo de 1937). Era del general italiano Annibale Bergonzoli. En su interior había "fotos del militar vestido con ropa interior femenina", explica Figueres. No sabemos qué se le pasó por la cabeza a Mera cuando vio a su enemigo en el campo de batalla travestido, pero sí que ordenó quemar las fotos y se quedó con la maleta italiana.
Dos años después, durante los caóticos días de la caída de Madrid, tuvo la oportunidad de cambiar la maleta de Bergonzoli por otra repleta de dinero y joyas. Pero no lo hizo (aunque, como veremos, algunos pensaron que sí se quedó la pasta). Envió la bolsa del tesoro al Banco de España con la siguiente nota: "De parte de Cipriano Mera". No sería la última vez que este hombre salido de la miseria de pequeño compartió cama con sus ocho hermanos, aprendió a leer y a escribir a los 23 años y practicó la acción directa contra la dictadura de Primo de Rivera y los pistoleros de la patronal demostraría su condición de persona recta e íntegra hasta el final.

Dando tumbos por el mundo
Mera partió entonces al exilio africano: tres años de prisiones, fugas y campos de concentración en los territorios franceses del Norte de África. Por si no tuviera suficiente con haber perdido la guerra, sus problemas se agudizaron debido a un equívoco. Circulaban por ahí todo tipo de leyendas sobre las fabulosas cantidades de dinero que habían sacado de España los jefes vencidos del Ejército republicano. Tanto las autoridades francesas en Casablanca como los espías franquistas y algún que otro refugiado estalinista creían que Mera escondía en su maleta el oro suficiente para montar una guerrilla anarquista para luchar contra Franco. Entre todos ellos le hicieron la vida imposible. A Mera toda esta situación le puso de los nervios. "Repugnante es que los hombres tengan que huir de los hombres para poder vivir", escribió en su diario mientras vagaba por los desiertos marroquíes.
Finalmente fue trasladado a una cárcel española, donde penó tres años hasta que, en un intento de las autoridades por lavar su imagen exterior, le concedieron el indulto. Pero Mera erre que erre: el día de su liberación le espetó a su carcelero una de las sentencias más demoledoras sobre la España de los años cuarenta: "No pedí el indulto, sólo me sacan a un patio más amplio que el de esta prisión".
El abuelo rebelde
En esa época, enterró su maleta bajo su casa, en el barrio de Tetuán de las Victorias, a salvo de las redadas de la Policía franquista. Nadie parecía saber nada de su paradero hasta hace unos meses, cuando el equipo de rodaje de Figueres la encontró por casualidad, olvidada en la casa de la viuda del hijo de Mera, Floreal, en la periferia parisina. "No dimos crédito. Allí estaban los partes de guerra de su cuerpo del Ejército y otros manuscritos", rememora el cineasta.
Pero lo más sorprendente estaba por llegar: Figueres tuvo que explicar a los nietos de Mera, que no hablaban una sola palabra de español, quién era en realidad su abuelo."No tenían ni idea ni de su militancia sindical, ni de su activa participación en la Guerra Civil. Ninguno había leído las memorias que publicó Ruedo Ibérico", cuenta el cineasta aludiendo a Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalista, editado por la mítica editorial antifranquista afincada en Francia en 1974.
Tan sólo una de sus nietas recordaba que el abuelo había desaparecido misteriosamente de casa durante algunas jornadas del mes de mayo de 1968. "Nos preguntábamos donde estaría", cuenta en el filme. Muy fácil: el abuelo estaba tirando abajo un muro. "Esta es una película sobre un albañil y tres grietas", explica Figueres. "La primera grieta se produjo tras la Revolución Rusa de 1917, que dio alas a aquellos que como Mera ansiaban la revolución social. La segunda el 19 de julio de 1936, cuando el pueblo se alzó en armas y se inició el corto verano de la anarquía".
La tercera grieta se abrió durante el mayo francés. "Desde 1936, Mera no había vuelto a ver esa energía que hace tambalearse al mundo", cuenta el documental. Tras sufrir un exilio doloroso (detenciones, cárceles, expulsión traumática de la CNT por enfrentarse a la dirigencia exiliada en Francia), Mera se llevó la gran alegría de sus últimos años de vida viajando en bicicleta (libre de equipaje) por las barricadas parisinas. Justicia poética, lo llaman.
La guerrilla desata la guerra de los carteles
Si vive usted en alguna de las principales ciudades españolas puede que se halla topado con una serie de carteles y grafitis que simulan una batalla propagandística entre los principales actores de la Guerra Civil española: Franco, Stalin, Hitler, Durruti, Cipriano Mera, Millán Astray, etc. Se trata de la 'Guerra de carteles', una innovadora estrategia de difusión ideada por los autores de 'Vivir de pie. Las guerra de Cipriano Mera', que están dispuestos a utilizar todos los recursos a su alcance para que la gente vea su película. Hasta animan a los espectadores a que se descarguen el filme en Internet. En el cartel de Hitler que ilustra este texto aparece la siguiente leyenda tapando los labios del líder del Tercer Reich: 'Piratea la peli. Viverdepie.net'. Una posición que contrasta, y mucho, con la mantenida por otros creadores.
Fuente: Público.es